Gre-gues-cos


Tormentoso encuentro

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 Gre-gues-cos
Cultura
Marzo 21, 2015 23:46 hrs.
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Araceli Ordoñez Cordero › diarioalmomento.com

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Gre-gues-cos

Araceli Ordoñez Cordero

Tomé tu mano mientras la mañana plácidamente golpeteaba las fibras de la ciudad, un dejo desorbitado de adiposos intrusos se aglomeró en mi vientre, el ansia cobijaba nuestro arrojo, el canto de la nada se vistió de gloría cuando tus pequeñas letras se unieron a mis oídos…
La mirada de ese lago apacible donde mi reflejo fue una onda más; una onda del taciturno movimiento de su interior que se abatía entre un segundo y el solsticio. Las manchas alburas del cielo despejado navegaban seguidas de nuestros pensamientos; empujadas por nereidas vestidas de rosa. Un sonrojo tocó tus mejillas, cuando mis aterciopelados contornos se mezclaron con el fino hilo de aquellas abarcas donde encallan mis pasos. Ese segundo donde el mar, el cielo y el infierno confabulan, cantan, gritan y gimen las especies de mundo, ese segundo donde el ser, es, donde se pierde la distancia entre lo negro y lo blanco, lo bueno y lo malo, sólo el infinito flota aderezado de un manto alto, largo y extenso que ciñe tu cuerpo evitando desluzcan tus encantos, ese manto fino que es acariciado por la moral, ese manto que se arremolina con el huracán de los bazos donde la sangre hierve, don de la ternura se viste de carnada para la lujuria, donde los elefantes prestan oídos a las entrañas que claman la catástrofe revestida de luto. Donde la muerte llama sus hijos, donde los pecadores tropiezan y son presa fácil de rapiña.
Tus labios volcados a la semblanza de mi sonrisa; contagio de un nogal agitado por la caricia de la lluvia, ese correr bajo el nombre de alguien más, ese dormir en tus brazos junto al centro del mundo; un pequeño durazno que perdió el hilo el día que naciste y que tejé historias con los nudos del árbol, ese verde donde los cuerpos reposan y el corazón no descansa. Vuela rozando la tierra clavando ese clavo que adorna las paredes, ese clavo que hace llaga, ese clavo que une, ese clavo que lastima, donde penden mis deseos, donde se cuelga las estampas de mi cuerpo. Hoy estoy desnuda; podría cobijarme de tus manos. Podría morir ahora, se lo que ha pasado, lo que ha detenido ese tormentoso encuentro entre el desierto; otoño, áspera tierra y esa gota de agua fresca.

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